A veces
sientes que tu felicidad está a tan sólo un paso. La miras a los ojos y te
sientes plena. Empiezas a creer en la perfección, porque está claro que no hay
nada más perfecto que ver tu vida pasar en sus pupilas.
Y de
repente, te devuelve la mirada y te sientes desnuda, vulnerable, fría, insegura
y aterrada. El suelo se desvanece a tus pies y ni siquiera puedes pensar en
cómo sobreponerte a tal catástrofe.
Entonces acude
lentamente a abrazarte… empiezas a acurrucarte para absorber todo su calor, y
llega su mirada… Ese pozo sin fondo en el que desaparecen todas las dudas o
miedos. Y con un beso pone la guinda a esta bienaventurada y agradecida condena…