Es lógico
pensar que ese momento no es para ti. Que no estás hecha para eso. Nunca te lo
has planteado siquiera, ni tienes intenciones de hacerlo, cuando de repente
alguien quiere imponerte la oportunidad.
No sabes
cómo reaccionar. Cuál debe de ser tu método de actuación porque es en su
totalidad lo más nuevo y desconocido a lo que te has enfrentado nunca.
Pero quizás
un día la curiosidad y el impulso te empujen como a otras muchas. Y, de
repente, te descubres donde nunca antes habrías pensado hallarte.
En mis
labios.
Una vez
ahí, querida amiga, utilizaré todas mis armas. Para ello he aprendido de las
flores. Segregaré mis mejores besos y quedarás atrapada en ellos.
Y entonces,
no tendrás escapatoria. Te besaré cada día, te cubriré el espacio para que
camines sobre él de mi mano, y haré un pacto con el Sol para que siempre brille
de frente a ti. Porque con tu cara iluminada se puede vislumbrar el mar, el
horizonte en el que me quiero perder. Veo en tu mirada cómo va a pasar la vida
el resto de la nuestra. Y tus labios dejan al descubierto un rojo imposible de
torear. Porque tus formas no las esquivaría por nada del mundo.
Entenderías
lo mujer que puedes llegar a ser cuando al resbalarte entre mis manos sólo
sientas libertad.
Y es en ese
momento en el que te darás cuenta de que ni siquiera tú quieres escapar de mí y
nuestra oportunidad de ser libres en nuestra ineludible dependencia.