Hay momentos en la vida en los
que la mayoría de tus reflexiones se basan en lo que quieres conseguir. Notas
las cosas que te faltan o las que necesitas en el presente para que no te
falten otras en el futuro. Y piensas en cómo hacer las cosas, cómo tratar a las
personas que te rodean y en cómo hacerte a ti mismo. Hablo de buscar trabajo,
qué estudiar, en quién confiar o aprender a contar con la familia.
Estas
reflexiones son en su mayoría automáticas. Otras, sin embargo son productos de
un “pararse a pensar”.
Pero a
veces, sin comerlo ni beberlo nos enfrentamos a ese momento en el que de
repente te asalta una nueva necesidad que nunca antes te habías planteado. Van
dándose una serie de sucesos, y te ves envuelto en un laberinto de confusión,
nuevas emociones, actos involuntarios y demás procesos de descontrol de tu
persona.
Empiezas a
ampliar horizontes, pero siempre con la vista fija en un mismo frente. Y todo
tu afán es llegar hasta allí. Ves a lo lejos ese manto de tranquilidad, una
calma que sólo te traerá felicidad.
En ese
momento, lo sabes todo y no sabes nada. Sólo tienes la certeza de que es allí
dónde tú quieres estar, aunque no tengas ni la más remota idea del camino que
tendrás que atravesar para llegar.
Mantienes
tu vida pendiendo de un hilo, a menudo tendremos ganas de correr para llegar
cuanto antes. Sin darnos cuenta de que las cosas más hermosas de la vida llegan
despacio.
Sólo hay
que tener paciencia y cuando menos lo esperes te verás descubierto en ese
momento que tanto anhelabas.
Recuerda…
Las oportunidades están dónde tú estés.
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