El
tiempo, ese susodicho que presumimos de conocer. Relojes que marcan minutos que
no sabemos llenar ni aunque nos los regalasen. Calendarios repletos de días,
donde sólo Febrero se atreve a vacilarnos robándonos más o menos. Un ladrón que
sabemos aparece bisiesto. Planeamos una vida sumergidos en agendas, citas,
horarios que nos malgastan sin ponerle el más mínimo remedio.
Y al final, o todo pasa muy rápido,
o muy despacio. Pierdes la noción. Y los meses parecen vidas. Vidas robadas sin
poder de contemplación, además. ¿Qué pasa con el tiempo?
Pasados despachados y futuros por
aprovechar…
Sólo tú haces que entienda a los
segundos adelantarse, con el ansia de saber qué pasa. Las horas se vuelven
impacientes de verte sonreír en la oscuridad que escondo bajo mis sábanas.
Sólo así le permito a los meses
pasar, porque son regalos cuya única regla es que no te deje olvidada en ningún
lugar, ni en el tiempo… ni perdida en la cama de cualquier hotel.
Ahí, pero en mi cama, lo único que
se nos permite perder son las miradas. Entrando por los ojos y saliendo por
cada pliegue de tu cuerpo. De fuera a dentro y de dentro hasta el fondo.
Es en mi colchón donde necesito ver
al tiempo existir, para sentirte en cada milésima pasar por mí.
Una vida en un mes… Meses de una
vida si son a tu lado. Y de malgastar, estaré encantada de que sea mi vida
viendo el reloj de la mesilla asomar por tu nuca.
Tú como las agujas de mi reloj.
No hay comentarios:
Publicar un comentario